martes, 1 de septiembre de 2009

Un cuento.

Durante el verano me gusta cambiar de hábitos en lo posible para procurar pensar lo mínimo, como bien dice mi amigo Carlos Lluch, en lo único, que no es otra cosa que este negocio absorbente de los seguros. Una de las cosas en que pierdo el tiempo es en leer completamente en la playa algunos periódicos, esos que durante el resto del tiempo me conformo con  leer titulares virtualmente.


Esta tradición veraniega me ha llevado a disfrutar una serie de cuentos publicados en El Mundo y escritos por Paulo Coelho. Todos ellos con enseñanzas, de esas que todos sabemos, vivimos a diario, pero no vemos y nos las tienen que explicar para ser conscientes.


Pues escribía Coelho en uno de sus cuentos que una mujer de compras en una feria se acerca a un alfarero, le pregunta por el precio de los distintos jarrones y se percata que todos valen igual, aunque unos son sencillos y otros muy ornamentados. Asombrada la mujer pregunta cómo se puede cobrar lo mismo por las piezas más sencillas que por las más elaboradas. Y obtiene su respuesta del vendedor: "Soy un artista. Puedo cobrar por el jarrón que hice, pero no puedo cobrar por la belleza. La belleza es gratuita."


Después de leer el cuento, y tras un segundo de reflexión, mi cerebro volvió a pensar en lo único. Las aseguradoras venden directamente al consumidor su producto a un precio. Y los mediadores, agentes y corredores de seguros, distribuyen a sus clientes esas mismas pólizas al mismo precio, añadiendo su trabajo sin coste.



Es cierto que los mediadores de seguros hacen un trabajo más prosaico que el de la creación de  belleza del artista, pero también más necesario que el arte en momentos de necesidad y problemas.



El arte es plástico y el trabajo del mediador de seguros práctico. E igual de gratuito para sus clientes.